China ha fortalecido su presencia en América Latina, convirtiéndose en un socio comercial esencial para diversos países de la región. Proyectos como el puerto de Chancay en Perú, que se inauguró en 2024 para conectar Sudamérica y Asia, se suman a la instalación de fábricas de vehículos en México y Brasil, así como a la extracción de litio en el triángulo de Argentina, Bolivia y Chile y en minas de cobre en Chile.
De acuerdo al Ministerio de Comercio de China, la inversión directa en la región alcanzó 14.710 millones de dólares en 2024, consolidando a Pekín como un actor económico significativo.
Esta expansión no es reciente. Entre 2010 y 2019, el capital chino que llegó a la región aumentó casi siete veces en comparación con la década anterior. Aunque la pandemia ralentizó este crecimiento, China ha publicado su tercera hoja de ruta hacia América Latina y el Caribe, incluyendo cooperación en inteligencia artificial, telecomunicaciones, energías renovables, hidrógeno y minería, todos bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que ya cuenta con cerca de veinte países adheridos.
El impacto comercial es notorio: mientras las exportaciones chinas a Estados Unidos disminuyeron un 18 % hasta noviembre, las dirigidas a América Latina crecieron alrededor de un 8%, alcanzando los 276.000 millones de dólares. En apenas dos décadas, las exportaciones chinas hacia la región se han multiplicado por once, mientras que las importaciones latinoamericanas hacia China, centradas en hierro, cobre, soja y petróleo, se incrementaron por catorce. Países como Chile, Brasil y Perú dependen en más de un 25 % de sus ventas externas hacia China.
DCN/Agencias