China reportó en abril una desaceleración en casi todos sus indicadores clave, marcada por una nueva caída en la inversión, lo que ha generado dudas sobre la disposición del gobierno a implementar estímulos adicionales. Este descenso se presenta en un contexto de crisis energética global, que afecta tanto a fábricas como a consumidores, limitando la capacidad de recuperación de la segunda economía más grande del mundo.
El lunes, se divulgaron datos oficiales que demostraron que las exportaciones ya no compensan el debilitamiento del consumo interno. Analistas de Nomura y Societe Generale advirtieron que esta situación requiere medidas más contundentes para impulsar el crecimiento. Economistas de Nomura, liderados por Ting Lu, señalaron que Pekín no puede permitirse relajarse.
La inversión en activos fijos disminuyó un 1,6% en los primeros cuatro meses de 2023 comparado con el mismo período del año anterior, lo cual fue una contracción inesperada. La producción industrial creció un 4,1%, su cifra más baja en casi tres años, y las ventas minoristas apenas aumentaron 0,2%, el menor incremento desde diciembre de 2022.
Esta situación reavivó el debate sobre si se requieren estímulos más agresivos, luego de que el gobierno redujera el gasto fiscal en marzo. A pesar de la débil demanda de crédito, el Banco Popular de China no ha indicado un cambio en su política monetaria.
Economistas anticipan que el banco central no reducirá las tasas este año, pero aún se espera que ajuste el coeficiente de reservas obligatorias. La próxima revisión del Politburó en julio podría abrir la puerta a cambios. Fu Linghui, portavoz de la Oficina Nacional de Estadísticas, consideró la desaceleración como una “fluctuación normal”, aunque reconoció los desafíos que enfrenta el país.
DCN/Agencias