
Lo que inicia como un arte en la piel puede provocar una respuesta biológica compleja y duradera. Según el médico y divulgador venezolano Manuel Viso, el proceso de tatuarse no es solo una herida temporal, sino que activa de manera continua el sistema inmunológico, moviendo pigmentos hacia órganos internos.
Al introducir tinta bajo la piel con una aguja, el organismo reconoce los pigmentos como intrusos. Estudios en publicaciones como The Lancet y Nature explican un mecanismo de defensa persistente:
Investigaciones publicadas en Arh Hig Rada Toksikol y citadas por National Geographic en 2026 indican que entre el 60% y el 90% del pigmento no se queda en la piel, sino que migra por el sistema linfático y sanguíneo.
Esta «tinta viajera» se acumula principalmente en:
El tamaño del tatuaje y la composición de la tinta son factores clave en el riesgo. Estudios de cohorte sugieren que los tatuajes más grandes podrían aumentar la probabilidad de desarrollar linfoma y cáncer de piel debido a la carga elevada de pigmentos en el organismo.
El especialista Manuel Viso indica que la tinta roja podría ser la más peligrosa, ya que genera una mayor tasa de muerte celular en el sistema inmunológico. Además, la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) ha señalado como potencialmente cancerígenos ciertos componentes de tintas no certificadas.
Desde 2022, la Unión Europea ha establecido la regulación REACH, una normativa que controla rigurosamente la composición química de las tintas, prohibiendo sustancias peligrosas y exigiendo trazabilidad.
Con información de Noticias al Día.
DCN/Agencias