
La arquitectura del comercio mundial está experimentando una transformación significativa impulsada por factores geopolíticos. Según un análisis de Nur Cristiani, Federico Cuevas y Mary Sangurima publicado en el portal de JPMorgan, la globalización no está retrocediendo, sino reorganizándose en bloques regionales donde la seguridad y la afinidad política juegan un papel crucial, junto a la eficiencia.
En las últimas décadas, se ha observado un desplazamiento de la producción hacia lugares de menor costo, y las cadenas de suministro se han globalizado. Entre 1970 y 2009, el comercio mundial pasó de ser el 20% del PIB global a cerca del 60%. Aunque este modelo se mantiene, su lógica está cambiando: los gobiernos y empresas están acortando rutas logísticas y diversificando proveedores, priorizando a aquellos considerados confiables.
Este proceso se describe como fragmentación, donde el reshoring y nearshoring se utilizan para mitigar riesgos geopolíticos. Estados Unidos es un ejemplo de este cambio, con políticas más firmes hacia países como México, Colombia y Venezuela, apuntando a asegurar corredores energéticos y comerciales. Esto se alinea con la Iniciativa de Seguridad y Resiliencia de JPMorgan, que prevé inversiones significativas en infraestructura y tecnología.
La relación entre Estados Unidos y China ilustra este redireccionamiento. En 2017, China representaba el 22% de las importaciones estadounidenses; actualmente, esa cifra es del 12%. La política arancelaria ha influido, beneficiando a la región del T-MEC, donde las tasas son mucho más bajas en comparación con otros países.
América Latina, debido a su cercanía geográfica y recursos, juega un papel central en esta nueva configuración. La digitalización y la ciberseguridad también están redefiniendo la política industrial, mientras que el auge de la energía limpia posiciona a la región como un proveedor clave en la economía digital.
DCN/Agencias