El amor en los tiempos del Covid. Por Eugenio Montoro

Nos “fusilamos” el título de la novela de García Márquez, para comentar algo que es vital, inmenso, delicioso y escurridizo como lo es el amor. Claro que no será tan largo ni atormentado como la relación entre Fermina y Florentino en los tiempos del cólera, pero es hora de hacer una pausa en estos difíciles tiempos y refrescar la pradera.

Para no enredarnos en las sesudas consideraciones de los filósofos, iremos de una vez a los tipos de amor de acuerdo a su manifestación. Existe una especie de amor místico que incluye a todo y que muchos alcanzan en los estados de éxtasis o iluminación. También existe el amor a Dios considerándolo como la fuente inagotable del mismo. El amor platónico que nace de la sabiduría y donde no interviene lo sexual como el amor a la Patria y el amor a objetos, plantas y animales. El amor romántico y sexual al que asociamos como sentimiento central y que asegura la supervivencia. Por otra parte, existe el amor al prójimo que incluye la amistad y el amor filial que se da entre padres, hijos y familiares.

Sin embargo, cada pueblo da diferentes significados y nombres a las formas de expresar el amor, pero, para los que vivimos en la llamada cultura occidental, nuestro énfasis se centra en el romanticismo y en el amor filial. Llenas están las librerías de historias de amor romántico. Las películas y “los culebrones” de TV, reflejan el mucho aprecio del público al contemplar a dos personas soñando en estar juntas mientras las circunstancias todo lo enredan. De igual forma muy apreciadas son las historias que muestran lo heroico de los padres por sus hijos, o de otros familiares, percibiéndolos como sacrificadas pruebas de amor.

Uno de los amores más importantes es el llamado amor propio que es él que tiene relación a cómo nos valoramos y aceptamos y forma la llamada autoestima. La manera más sencilla de medir la autoestima es observar nuestra respuesta a la opinión de otras personas y cuanto de nuestro comportamiento va dirigido a evitar ser “mal visto” por los otros. Cuanto más frecuentes y más intensos sean nuestros disgustos con otros, más podemos sospechar de tener una autoestima baja.

En los humanos, la ventaja de pensar e imaginarnos escenarios complejos y el deseo, posiblemente instintivo, de sobresalir, genera la lucha para mostrarnos buscando que nos admiren o, principalmente, para evitar el rechazo.

Mucho de lo que hacemos tiene algún grado de relación con la de defensa de la autoestima. En un choque de vehículos el culpable es el otro; salir con ropa arrugada está mal; la comida se quemó por que la sartén anda rara. La defensa de la autoestima se traslada a cualquier actividad, jefe, no he terminado el informe pues aún no me han entregado todos los datos; esa maestra la tiene cogida con mi niño, siempre le pone mala nota; nuestro partido político no apoya eso pues no fue debidamente consultado.

El empeño de vivir mostrándonos que tenemos la razón y protegiéndonos de las opiniones externas genera los disgustos y los enredos con justificaciones y acusaciones interminables. Así, los asuntos concretos dejan de ser analizados y las soluciones no llegan.

De los muchos problemas del mundo, podríamos asegurar que buena parte son producto de la baja autoestima. El covid es un buen ejemplo. ¿Cuántas versiones sobre lo sucedido existen?, ¿cuántas versiones sobre lo que se debe hacer existen?, ¿cuántas versiones sobre lo que viene existen? Porqué tantas versiones frente a un solo asunto. Muchos, en público o privado, se animan a opinar en busca de admiración y otros sintiéndose ignorados o atacados se defienden.

Un caso, también muy cercano, es el de los chavistas y maduristas que durante 21 años destrozaron a Venezuela en todos los aspectos. Aquí no quedó títere con cabeza. ¿Pero cómo pueden estas personas de baja autoestima aceptar su responsabilidad sobre este gigantesco desastre? Les es muy difícil y entonces se inventan alguna excusa como el que todo lo malo es producto de un supuesto bloqueo de última hora.

Cuán importante para todos puede ser el amor propio individual. Con un mínimo de autoestima Maduro prepararía sus maletas, reconocería su falta de competencia, y se iría. Así de simple. Pero el miedo a “que lo vean mal” sus amigotes colorados lo inmoviliza.

De cualquier forma, le vamos a “ayudar” a decidir y a irse.

 

Eugenio Montoro / montoroe@yahoo.es

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