
El ajo, conocido científicamente como Allium sativum, es una planta cuyas partes, o “dientes”, se han utilizado durante milenios tanto en la cocina como en la medicina. Su característico sabor y olor provienen de la alicina, un compuesto de azufre que se libera al cortar o machacar el ajo. Este compuesto, junto a otros nutrientes, contribuye a las propiedades antioxidantes, cardioprotectoras y antibacterianas del ajo.
Los primeros usos documentados del ajo datan de la Antigüedad. En Egipto, el Papiro de Ebers, uno de los textos médicos más antiguos, lo incluía en más de 20 recetas para tratar diversas enfermedades. Asimismo, se encontraron cabezas de ajo en la tumba del faraón Tutankamón, indicándose su importancia en el más allá.
En Grecia, también se consideraba un suplemento para los atletas: se decía que masticar ajo antes de competir en los Juegos Olímpicos mejoraba su rendimiento. Con el tiempo, su uso se fue extendiendo por diferentes culturas, convirtiéndose en un elemento fundamental en la gastronomía mediterránea.
El ajo no solo es un ingrediente clave en numerosos platos, sino que también aporta varios micronutrientes. Según Yael Hasbani, health coach experta en inflamación y Medicina Culinaria de Harvard, el ajo contiene selenio, potasio, fósforo, magnesio, zinc y vitaminas del grupo B. Sin embargo, Ana Cascú, médica especializada en nutrición, señala que el valor nutricional del ajo se encuentra más en sus compuestos organosulfurados, como la aliína y la alicina, que han demostrado actividad antibacteriana y antifúngica.
Ambas expertas coinciden en que, aunque los compuestos del ajo pueden favorecer la respuesta del organismo frente a infecciones e inflamaciones, no deben reemplazar tratamientos médicos. Un metaanálisis en Nutrition Reviews sugiere que el consumo regular de ajo podría disminuir el colesterol LDL, lo que reduciría el riesgo de enfermedades cardíacas. El Manual MSD también respalda que el extracto de ajo madurado puede ser eficaz para bajar la presión arterial.
El ajo se puede consumir crudo o cocido, pero su forma de preparación afecta sus propiedades. Hasbani aconseja cortar o machacar el ajo antes de consumirlo crudo para maximizar la alicina, y si se cocina, añadirlo al final de la cocción.
Se debe tener precaución al consumir ajo en caso de problemas digestivos, ya que puede irritar la mucosa gástrica. En particular, las personas con sensibilidad gastrointestinal deben moderar su ingesta de ajo crudo.
DCN/Agencias