Viviendo la experiencia única de una noche encerrado en la iglesia más venerada de Jerusalén

La noche en el Santo Sepulcro: un encuentro insólito en Jerusalén

En una noche peculiar en Jerusalén, las puertas de la iglesia del Santo Sepulcro se cerraron, asegurando a un grupo de clérigos, peregrinos y a mí, una periodista venezolana, en uno de los lugares más sagrados del cristianismo. Este histórico edificio, donde se cree que Jesús fue crucificado, sepultado y resucitó, ha sido testigo de siglos de historia y de una convivencia singular entre diversas tradiciones religiosas.

Aquí, en el corazón de la Ciudad Vieja, la iglesia es compartida por las comunidades armenia, católica y ortodoxa griega, que han establecido un acuerdo para gestionar este espacio sagrado. Fue interesante observar cómo un representante de una familia musulmana, encargada de las llaves desde el siglo XIII, subió con destreza una pequeña escalera de madera para cerrar el cerrojo, un ritual que se repite noche tras noche.

Desde las 9 de la noche hasta el amanecer, la basílica queda en silencio, exceptuando a un puñado de sacerdotes, algunos peregrinos y, curiosamente, varios gatos que vagan por el recinto. El ambiente es de reflexión y reverencia, y para nosotros, los visitantes, es un desafío decidir por dónde iniciar nuestra exploración en tan venerado y laberíntico espacio.

Entre los peregrinos, Peter Stängle, un brasileño, se arrodillaba repetidamente, su frente y antebrazos tatuados descansando sobre la Piedra de la Unción. Allí, donde se dice que Jesús fue preparado para la sepultura, Peter se sumía en una profunda oración, reflexionando sobre sus propios errores y buscando respuestas sobre la salvación.

La experiencia se vuelve única al estar rodeados de la historia y la espiritualidad que embarga este lugar. Es un momento para meditar sobre la convivencia de diferentes creencias en un mismo espacio y la fuerza que la fe puede tener en la vida de las personas.

Así, la noche transcurre en el Santo Sepulcro, un testimonio vivo de la diversidad y la devoción que caracteriza a Jerusalén, dejando a cada visitante con una conexión íntima y personal con la espiritualidad del lugar.

La magia de este espacio sagrado sigue resonando en quienes lo visitan, recordándonos que, a pesar de las diferencias, hay un hilo común que une a todos en la búsqueda de respuestas y paz.

DCN/Agencias

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