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A principios de este año, el presidente Donald Trump se encontraba en el Despacho Oval junto a su secretario de Estado, Marco Rubio, cuando surgió la idea de que podría enviarlo a Caracas, Venezuela. Esto se planteó como una broma, pero refleja el contexto del momento tras la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, lo que marcó un hito en la política exterior de Trump.
En los meses siguientes a la captura de Maduro, Rubio ha ejercido una influencia notable sobre Venezuela desde Washington, un papel que se asemeja al que tuvo L. Paul Bremer III en Irak tras la invasión de 2003.
Según fuentes cercanas a ambos gobiernos, Rubio controla aspectos clave de Venezuela, incluyendo financias, recursos naturales y la gestión gubernamental. Este papel se ha consolidado a través de conversaciones y decisiones en privado, donde muchos han optado por hablar bajo anonimato para describir estas interacciones.
A pesar de no haber visitado el país desde que se logró la captura de Maduro, Rubio se mantiene activo en la agenda diaria de Venezuela, manteniendo comunicación constante con Delcy Rodríguez, quien asumió el mando interino del país. Ambos se intercambian mensajes por WhatsApp en español, donde no solo discuten temas de política, sino también actividades más cotidianas, como felicitaciones de cumpleaños.
La dinámica entre Rubio y Rodríguez, aunque puede parecer amistosa en ciertos momentos, refleja la compleja relación de poder que se ha establecido. La situación ilustra el enfoque de la administración Trump, donde las decisiones son tomadas sin considerar la soberanía ni el derecho internacional, evidenciando el impacto y la influencia de la política estadounidense en la región.
Este escenario continúa desarrollándose mientras el mundo observa los cambios en la gobernanza de Venezuela desde la captura de Maduro.
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DCN/Agencias