Los terremotos de gran magnitud no llevan necesariamente a una disminución económica duradera. Ese es el análisis del economista Alejandro Grisanti, socio-fundador de Ecoanalítica, quien ha estudiado los efectos de sismos en países como México (1985), Chile y Haití (2010), y Ecuador (2016) para prever posibles escenarios tras los recientes temblores en Venezuela del 24 de junio.
Grisanti destaca que, aunque los sismos pueden no impactar negativamente la actividad económica, el estado de sectores productivos cruciales es determinante. En el caso de Venezuela, la industria petrolera, vital para la economía, no sufrió daños significativos.
El verdadero reto, según el economista, inicia en la fase de reconstrucción. Una gestión adecuada podría servir como un impulso para la economía, movilizando recursos hacia la recuperación de viviendas e infraestructura. Sin embargo, esto depende de la capacidad del país para organizar esfuerzos, atraer financiamiento y establecer confianza entre los actores involucrados.
Grisanti propone la necesidad de un “gran pacto nacional” que aglutine recursos de organismos internacionales y facilite el uso de fondos venezolanos en el exterior, respaldado por una estructura que coordine la recuperación.
Un aspecto clave es la creación de una autoridad única de reconstrucción que represente a diversos sectores y genere confianza tanto a nivel interno como externo. Según el economista, esto permitiría priorizar y coordinar esfuerzos, facilitando la participación de organismos internacionales.
Grisanti concluye que la experiencia mundial demuestra que los desastres naturales pueden catalizar transformaciones económicas, si se cuentan con instituciones que sepan gestionar recursos y ejecutar planes que impulsen la recuperación.
DCN/Agencias