
Lo que se avizora no debe interpretarse como una transición democrática genuina, sino como un proceso fragmentado en el que Estados Unidos amplía su papel de tutela, pero no su control político sobre el país. El chavismo mantiene el poder efectivo, aunque enfrenta más limitaciones que antes. Actualmente, el chavismo está en una posición más sólida, ya que continúa controlando el territorio y los recursos, aunque depende más de la arquitectura externa para su supervivencia.
La diferencia clave en esta fase de diálogo es que la mesa con Dinorah Figuera se configura de manera más compleja y útil para mantener el statu quo, con un chavismo en una posición de mayor fuerza. Las negociaciones no provienen de una oposición con mandato popular, sino de un marco tutelado por Washington, lo que la distingue de la legitimidad política que representa María Corina Machado.
Desde Oslo hasta la actual mesa, ha habido una evolución: mientras que en negociaciones previas se buscaba una salida, ahora hay un enfoque en administrar la transición en partes. Las conversaciones de ahora no son para un cambio inmediato, sino para mantener el control y distribuir responsabilidades. Esta reestructuración plantea un riesgo de una transición sin cambios reales.
La intervención de Figuera refleja una figura útil en el marco jurídico, pero no brinda legitimidad política real. Hay preocupación sobre cómo se manejaría una movilización masiva, ya que eso podría cambiar el equilibrio actual. El regreso de Machado al escenario político reintroduce la urgencia de abordar la legitimidad y la movilización popular, desafiando así el enfoque de dilación y escenificaciones.
En resumen, el chavismo continúa ejerciendo control en el país, aunque con más restricciones, y las estructuras actuales no parecen dirigirse hacia un cambio genuino sin un compromiso mayor con la legitimidad y la justicia.
DCN/Agencias