
La oposición venezolana es dueña de numerosas tragedias. Quizás la más delicada no sea otra que su inevitable dependencia al apoyo de la comunidad internacional para materializar un cambio de régimen, al haber alcanzado este un control absoluto a nivel interno. Control conseguido a través de sus infinitas violaciones a la constitución y el uso más salvaje de la violencia, al punto de haber cometido crímenes de lesa humanidad, tal como indicó la más reciente misión de las Naciones Unidas.
No obstante, las adversidades también pueden contar con importantes dosis de paradojas. Ya que, si bien necesitamos de la comunidad internacional para encontrar una salida real a nuestra hecatombe, el aislamiento no es necesariamente negativo, y el restablecimiento de relaciones con otros estados puede empeorarlo todo.
Semejante aseveración pierde toda clase de polémica con solo hacer memoria. Porque si pensamos durante un breve instante en la era Chávez, recordaremos que el desmontaje de las instituciones nacionales ocurre ya de manera indiscriminada durante los años 2004 y 2012, mismo periodo en el que la comunidad internacional arropa al régimen venezolano como respetable miembro de la gran aldea global.
Lo que es aún peor es que no puede explicarse este desmantelamiento institucional sin el apoyo que durante estos años la comunidad internacional le brindo a Chávez. Porque apoyo no es solo avalar públicamente las medidas o acciones tomadas por un régimen. Es también mirar hacia otro lado cuando este sucumbe a las tentaciones autoritarias.
Para más Inri, es conocido que el régimen chavista siempre exigió como condición fundamental para relaciones cordiales que los demás países no tomasen ninguna clase de medida que pudiese afectar sus negocios internacionales o su hegemonía dentro del país.
Semejante despropósito empieza a cambiar tímidamente con la llegada de Maduro al poder, y el ascenso de líderes de derecha a lo largo y ancho del continente. Si bien contribuyó de sobremanera la conversión total hacia una dictadura, el aislamiento se vuelve una realidad con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y su política de máxima presión en contra del régimen.
Maduro responde con sus correspondientes cortes de relaciones como automatismo, decidiendo atrincherarse ante la lluvia de condenas y sanciones, esperando que los vientos de la geopolítica volvieran a soplar a su favor. Porque si alguna vez el chavismo se ha visto débil y tambaleante, ha sido ante el aislamiento y presión internacional.
Lamentablemente, su resistencia dentro de este contexto rindió frutos ante la aparición de un cisne negro: la pandemia del COVID-19, la cual terminaría jugando a su favor al generar una crisis interna en los Estados Unidos que tendría como consecuencia una incontestable derrota de Trump en las presidenciales. Y eventualmente, la llegada de un Joe Biden quien por los momentos ha sido el presidente estadounidense que más ha favorecido los intereses del régimen venezolano.
Y es que, si algo queda claro, no es solo que la estrategia de máxima presión no tuvo estocada final, sino también que el chavismo puede atrincherarse y resistir el aislamiento el tiempo que sea necesario si esta no existe, sin importar llevarse por delante a un país entero en el proceso.
Y lo que es aún peor es el hecho de que el régimen venezolano parece estar regresando a la época en la cual la comunidad internacional no lo repudiaba, o simplemente no mostraba mayor interés por lo que ocurriese en Venezuela. Y la manera más clara de manifestar dichas posiciones es a través de los llamados al diálogo, dejando a entender que oposición y chavismo son igual de responsables.
El regreso a este periodo favorable coincide con el declive de la derecha tanto en Estados Unidos como América Latina, al igual que la vuelta de los demócratas a la Casa Blanca y numerosos líderes de izquierda a lo largo y ancho de la región. Un claro ejemplo de este regreso a la diplomacia de alfombra la da el embajador colombiano Armando Benedetti, quien ha ridiculizado a la oposición, así como ha insultado a Juan Guaido y hasta relativizado explícitamente no solo la hecatombe que se vive en el país, sino también la mismísima crisis de refugiados.
La danza de los disfraces
Pero si en la comunidad internacional vemos ya un hastío y desinterés disfrazado de pragmatismo diplomático y buenas intenciones, a nivel interno vemos numerosas figuras políticas y de la “intelligentsia” opositora manifestando su concordancia con dicha postura través de una cohabitación o resignación disfrazada de realpolitik.
La forma más insólita en que muchas de estas figuras han exhibido semejante posición ha sido a través de la idea de que, si el régimen reestablece vínculos con otros estados, esto no necesariamente los fortalecería ni disminuiría aún más las opciones reales de un cambio político. Que, si se establecen vínculos con otros estados, estos facilitarían un proceso de diálogo que no tendría nada que ver el con el fracaso de todos los anteriores. Que esta vez no terminaría reforzando a chavismo. Que esta vez sí podría terminar con esta larga e indescriptible pesadilla.
Si bien sería la mejor de las noticias que esto ocurriera, lo cierto es que se trata de una idea tan ingenua como risible. Porque lo que piden estas figuras de la intelligentsia opositora es un dialogo sin presiones, esperando que una dictadura violadora de los derechos humanos e involucrada en negocios de narcotráfico decida recapacitar y entregar al poder. Aún peor, piden a la comunidad internacional retirar las sanciones contra el régimen, creyendo que esto traería una recuperación económica y que el régimen podría ceder ante semejante gesto de buena fe.
Por supuesto, es la comunidad internacional la que nos lleva con la mano apretada al derrotero de la cohabitación, tal como señaló en un desolador artículo de opinión el Secretario General de la OEA Luis Almagro, quien durante la época de Trump fue uno de los máximos paladines de la máxima presión contra el régimen chavista.
Pero, si bien puede ser desgarrador, es insensato exigirle a la comunidad internacional que mantenga indefinidamente su foco sobre Venezuela. No obstante, lo que la oposición no puede es hacerle más fácil y menos costosa su decisión de abandonar una causa que, al igual que lo fue la cubana décadas atrás, se les hizo lo suficientemente compleja como para minimizar la inversión de tiempo y recursos.
Porque si la comunidad internacional decide dejar Venezuela a su suerte, lo que no puede hacer parte de la oposición es sucumbir a la resignación y favorecer los intereses del régimen para beneficio propio, engañando a cuanto incauto caiga al disfrazar su condición entreguista de realismo.
Sobre todo ante los tiempos que vienen, los cuáles parecen ser los más adversos en la historia moderna del país, ante un régimen que sale victorioso de su trinchera, ante una pobreza que asfixia casi la totalidad de la población, ante una crisis de refugiados que seguirá incrementando inevitablemente, y ante un mundo cada vez más decidido a desentenderse de la mayor catástrofe política y económica en la historia de Sudamérica.
La oposición es dueña de numerosas tragedias. Pero esta no puede ser una de ellas.
Porque los errores, cuando son imperdonables, a veces son imposibles de disfrazar.