Entre “marginales” y “sifrinos”: el lenguaje del clasismo caraqueño. Por Ernesto Andrés Fuenmayor

El año 1914 fue decisivo para la historia económica venezolana: el primer pozo petrolero entró entonces en funciones y dio inicio al fin de una centenaria tradición agropecuaria. Hasta entonces las exportaciones habían consistido principalmente de café, cacao, azúcar, tabaco y demás productos de cultivo. En los años siguientes el petróleo convertiría al trabajo agrícola en un anacronismo y la fuerza laboral desplazada tendría que buscar empleo en las grandes ciudades, el lugar en el que el capital se concentraría.

 

A partir de los años veinte se llevaría a cabo una hipertrofia urbana como pocas veces se ha visto en la región. Se desarrolló un modelo económico que no supo articularse hacia el interior, con lo cual el éxodo rural fue masivo. En el año 1921 solo el 22% de la población vivía en ciudades, y ya en 1950 era más del 50%. Caracas, esa capital verde e inmadura, fue la principal afectada, ya que su infraestructura de ninguna manera permitía acomodar a los cientos de miles de personas que exigían una acogida.

 

Se desarrollaron entonces los llamados “barrios”: cúmulos de viviendas informales con escasos servicios básicos y una densidad poblacional extravagante. Muchos de ellos fueron creciendo verticalmente en los márgenes de la ciudad, y ninguna iniciativa estatal pudo detener el auge de las barriadas. Mientras tanto, a nivel nacional las riquezas se repartían cada vez más asimétricamente: a partir de los años cincuenta la clase media venezolana sería una de las más acomodadas de América Latina, al mismo tiempo que la marginalización socioeconómica de la población de escasos recursos se profundizaba.

 

La desigualdad se materializó geográficamente, y el clasismo que suele caracterizar a las sociedades disparejas creó su propio lenguaje. Con el tiempo se desarrollaría todo un vocabulario, usualmente denigrante, alrededor de las diferencias económicas de los sectores poblacionales. No es inusual escuchar a algún caraqueño llamar a un conciudadano “marginal”, refiriéndose despectivamente a quien considera de mal gusto, por lo general debido a una apariencia que indique un bajo nivel socioeconómico. La categoría “marginal” asocia a los márgenes de la ciudad, es decir a las barriadas, con la carencia cultural y la falta de educación; se ridiculiza y reduce a otro ser humano a alguien que no merece ser tomado del todo en serio debido a su clase social.

 

Otras palabras similares son “niche”, “tierrúo”, “tuki” y -la más nefasta de todas, por el claro elemento racista- “mono”. Todas estas categorías son usadas por una parte importante de la población caraqueña para referirse a quienes ellos consideran que tienen un nivel cultural inferior. La dualidad geográfica del binomio barrio-urbanización crea una separación clasista con respecto al “Otro”, se le caricaturiza y asocia con características negativas únicamente porque se cree que proviene de un barrio.

 

Esta tendencia de una parte de la clase media a pensar en conceptos duales como “urbanización/bueno” y “barrio/malo” simplifica la realidad social de la ciudad y lleva a que se asocien municipios enteros con la decadencia y el desorden, únicamente porque predomina la presencia de las barriadas. Se desarrolla entonces una relación paranoica con el propio entorno, se crean ghettos de exclusividad alrededor de algunas urbanizaciones y centros comerciales, con lo cual el ciudadano pierde la posibilidad de relacionarse a profundidad con la ciudad. Y aunque la inseguridad justifica parcialmente que se eviten algunas zonas, la demonización de todo un municipio (por ejemplo, el municipio Sucre) pareciera insensata.

 

Por otro lado, el clasismo en Caracas está intrínsecamente ligado a un racismo autóctono. Este difiere del que tradicionalmente suele verse en sociedades europeas, por ejemplo. La tradición pseudocientífica que dominó una parte importante de la conciencia general europea y norteamericana en los últimos siglos aseguraba que la “raza” negra era genéticamente inferior. Veían a la especie humana dividida en razas intelectualmente inferiores o superiores, y con ello justificaron barbaridades como la esclavitud y la segregación.

 

No estoy convencido de que este racismo “tradicional” sea el que uno generalmente observa en Caracas. Cuando digo que el racismo allí no es del todo separable del clasismo, me refiero a que generalmente la clase media-alta asocia un color de piel oscuro a las clases de menores recursos económicos. Por lo tanto, no parecieran estársele atribuyendo cualidades intrínsecas a una etnia particular, como en el racismo europeo: el objeto del prejuicio pareciera ser más bien la clase socioeconómica a la cual el sujeto asocia el color de piel en cuestión.

 

En medio de esta confusión nace la categoría de “mono”. Se usa por algunos miembros de la clase media-alta para describir a aquellos que tienen rasgos africanos o piel oscura y, siguiendo la lógica descrita en el párrafo anterior, se le atribuye a la persona ciertos rasgos culturales producto del asumido bajo nivel socioeconómico. ¿Cómo crear una comunidad cívica coherente, cuando un porcentaje considerable de la población insiste en llamar “mono” a otro ser humano?

 

Por supuesto, el clasismo no solo está presente entre los más acomodados: basta con vivir en una urbanización para ser un “sifrino” o un “fresa” en los ojos de algunos otros caraqueños. Esta categoría, al igual que las anteriores, reduce la complejidad de un individuo al lugar de su procedencia; caricaturiza en base al prejuicio y hace que un intercambio real sea imposible. 

 

Las tribus urbanas son una realidad social ineludible, es cierto. Lo que no es inevitable es la creación de categorías que atribuyan cualidades negativas a priori a todo un sector poblacional. Si la tarea del lenguaje es transmitir realidades e intercambiar conceptos, las categorías mencionadas hacen un trabajo fatal, ya que únicamente ridiculizan, generalizan y simplifican.

 

El vocabulario es esencial para la creación de mentalidades y patrones de comportamiento. Puesto líricamente, podríamos decir que el lenguaje crea el caudal por donde luego correrá el río de la cultura. La palabra es una herramienta hacedora de realidades, a partir de ella reconocemos nuestro entorno. Juega a la vez un papel descriptivo (por ejemplo, el uso de adjetivos comunes) y un papel creador (al perpetuar patrones culturales). El verbo en su función creadora tiene en este sentido una inmensa influencia sobre el individuo, define sus conceptos del bien y del mal, determinando así su idiosincrasia.

 

Al perpetuar el uso de palabras como “marginal”, “mono” y “tierrúo” estamos creando una realidad que aísla al Otro, lo banalizamos y deshumanizamos. Atribuimos características negativas o positivas en base a un prejuicio geográfico, y la vida urbana en común se hace cada vez más amarga. Todos recordaremos al político mesiánico para quien esta situación fue terreno fértil. Chávez supo utilizar las tensiones sociales como capital electoral, alimentando su populismo bananero del resentimiento entre clases que el vocabulario del clasismo deja en evidencia.

 

Ojalá al finalizar la hecatombe chavista nos quede claro que el clasismo nos amarra y asfixia como colectivo social. De otra manera las categorías mencionadas nos van a seguir atrofiando moralmente.

 

Ernesto Andrés Fuenmayor

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