Comunidad sobrevive de la cría de peces con larvas de cañada

El viento acaricia su rostro. Con cada paso que da la brisa le hiela la sangre. A su alrededor reina la soledad. Apenas se observan algunas luces en el frente de las casas y los mosquitos bailan alrededor de los postes que aún funcionan.

Un par de gatos camina entre la basura y los perros que duermen en las aceras levantan la cabeza para ladrarle a los extraños.

A lo lejos, se escucha un vallenato que se mezcla con el sonido de los aires acondicionados. Un par de hombres ebrios canta y saluda al que pasa. En las calles, la penumbra es la protagonista.

La primera estación de servicio que está en el camino aún no abre. Una larga cola de vehículos alerta que hombres y mujeres amanecen anhelando surtir combustible.

Es sábado. En la parada de transporte público de San Francisco, los choferes esperan a los pasajeros frente a sus vehículos y una mujer vende café en un termo rosado.

Por la avenida principal del municipio sureño, rumbo a Maracaibo, se movilizan chirrincheras (camionetas que se utilizan como transporte público), gandolas que transportan gasolina y camiones cisterna que llevan agua.

Son las 5.49 de la mañana y aún no se asoma el sol. En medio de las sombras, una figura se mueve. Es Fredy, un hombre delgado que se graduó en 2004 como técnico superior en Ciencias Agropecuarias y que dejó de ejercer en 2015.

Ahora carga en sus manos un par de baldes blancos y un palo con una malla azul en la punta. Aún no sale el sol, pero por su rostro se escurren varias gotas de sudor. «¡Buenos días. Nos vamos!».

«Aquí hay. Pasame el colador»

La vida de Fredy, como la de millones de venezolanos, dio un giro. Desde hace cinco años no trabaja en el área para la cual estudió por factores como el colapso de las industrias, los bajos salarios y el alto costo de movilizarse en transporte público.

Durante los últimos meses, trabajó de manera informal vendiendo víveres y quesos. Hasta a conducir una mototaxi se dedicó. Pero a finales de 2019 su realidad sufrió un sacudón.

Una tarde de septiembre un par de «clientes», que pidieron una carrera a una barriada cercana, lo sometieron y encañonaron en el camino. Entre gritos y amenazas, le robaron la moto, que era uno de los sustentos de su hogar.

Ahora, tras superar ese trago, se dedica a buscar diariamente «gusarapas» (larvas de zancudos) y coquitos (pulgas de agua) para darle de comer a los peces que cría y reproduce en su casa con la finalidad de venderlos.

Su realidad no es un caso aislado. En el Zulia, niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, mujeres y personas con alguna discapacidad, se arriesgan todos los días en cañadas e instalaciones abandonadas para llevar algo de comer a los peces que tienen en sus patios y a la mesa de su familia.

Para ellos, la jornada inicia antes de las 6.30 de la mañana. A esa hora las cañadas y sus alrededores son un hoyo negro en medio de la maleza. Solo se escuchan sapos y grillos, las aguas son negras y espumosas y el hedor penetra la nariz.

El silencio se interrumpe con el chasquido de hojas y ramas bajo los pies de los madrugadores, y con la frase: “aquí hay. Pasame el colador”.

En plena faena, aunque hace frío, sus frentes sudan. Para alumbrar, encienden la linterna de algún celular. Colocan cerca los baldes que tienen un tercio de agua fresca y se aferran a su “colador”.

Un paso en falso puede ocasionar que caigan sobre los troncos filosos de árboles talados, rocas y aguas residuales. Con una punta del palo entre sus manos y la otra dentro de las aguas putrefactas, hacen un movimiento sutil para sacar el colador y observar el fruto de su esfuerzo.

Dentro de la malla “hierven” las gusarapas o coquitos que depositan en el balde, el agua las despega poco a poco y cuando se mueven en el fondo, es señal de que deben continuar.

“Toca caminar”

Aunque la recolección como tal puede durar entre 20 y 30 minutos, la extensión de la jornada depende de algunos factores ajenos a su voluntad, como conseguir los insectos pronto y en cantidad.

Otra dificultad a la que se enfrentan es la del transporte. «Muchas veces caminamos varios kilómetros con el peso de los baldes de cañada en cañada”, comenta Joseíto, un niño de 11 años que de la escuela sabe poco, pero de «pescaditos» entiende mucho.

Pasadas las 7.20 de la mañana, casi dos horas después de salir de su casa y caminar cuatro kilómetros, Fredy logró conseguir las gusarapas en una de las principales cañadas de San Francisco, pero no hay coquitos.

Los zancudos no paran de picarlo y ahora tiene que emprender una travesía de ocho kilómetros hasta una de las instalaciones abandonada del Instituto para el Control y la Conservación de la Cuenca del Lago de Maracaibo.

«Salimos temprano a buscar porque más tarde no conseguimos coquitos por el sol y porque con el paso de las horas las aguas se ponen más podridas y es insoportable», dice el técnico, mientras intenta a toda costa evitar entrar en contacto con el agua.

En ese punto tiene tres opciones: caminar, pedir una cola o buscar dinero para pagar los pasajes. Luego de esperar más de 30 minutos sin éxito, se decanta por la última.

Un conocido que le presta, le «salva la patria». Detiene un carrito por puesto y sube al vehículo junto con los dos baldes llenos de gusarapas que coloca sobre sus piernas.

El carrito por puesto lo deja a dos kilómetros de su destino. Ese trayecto es solitario. Hay un par de llenaderos (lugar donde los camiones cisterna surten agua), asentamientos informales, tendidos eléctricos infinitos, quemas de basura, personas que recogen plásticos y metales en medio de la mugre y niños sin franela con los pies curtidos.

Las necesidades no satisfechas, el hambre y la pobreza, impactan con severidad en sus vidas. Muchos de ellos y ellas, integran algunos de esos 48 % hogares pobres en Venezuela que reveló La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) para 2018.

Al borde del abismo

Donde están los coquitos, casi todos se conocen de vista. No hay extraños. Fuera de esos espacios, muchas personas ni siquiera saben de la existencia de ese lugar y de quiénes hacen vida ahí.

Todo es silencio, alambres, vidrios rotos, basura y caparazones de vehículos desvalijados. En las gigantes estructuras, que alguna vez fueron piscinas, hay agua empozada con restos de basura a su alrededor. Algunas tienen lemna y hasta petróleo.

Ahí se congregan niños, adolescentes, jóvenes, adultos mayores, mujeres y hasta personas con alguna discapacidad, para buscar y recoger la pulga de agua.

«Lo único que traemos son los baldes y los coladores. A veces los perros también se vienen con nosotros», dice el «Flaco» mientras sonríe, un joven veinteañero de ojos claros que ahora es criador.

A él no le basta con caminar por la orilla para sacar las pulgas. Caminan por un borde de unos 40 centímetros que separa las piscinas, mientras meten al agua el colador. Si pierden el equilibrio, los espera una caída libre de al menos ocho metros.

«Hasta ahora ninguno se ha caído. Al principio nos daba miedo, pero ya no. No creáis, muchos todavía no se atreven».

Después de arriesgar su vida durante 40 minutos, Fredy y sus compañeros terminan de recoger la pulga de agua que fueron a buscar.

Criar peces para intentar sobrevivir es complejo, comentan los hombres. Uno de ellos, comparte su tiempo entre estas actividades y el trabajo en una cangrejera para poder «medio comer».

Un «contrato» injusto implícito

En los patios de varias viviendas, familias enteras tienen peces de diferentes especies y tamaños en neveras dañadas, anillos de concreto, baldes, poncheras y frascos de vidrio.

Ahí los «despachan»: en un envase vacío de mayonesa que llega en las cajas de los CLAP colocan la «comida» mezclada con agua. Luego, con el recipiente en mano, van de «pecera en pecera» hasta darle de comer a todos.

Para los peces más grandes son las gusarapas. Para las crías son los coquitos.

En las cañadas, dicen, pueden conseguir taparucos, payasitos y viejitas, «pero esos nadie los compra porque se consiguen fácil». Los peces más buscados son los gupyys, bailarinas, bettas, telescopios, escalares, guramis, tigritos y viudas.

Estos vendedores ofertan el par, dependiendo la especie y el tamaño, entre 50 mil bolívares y 80 mil bolívares si es en efectivo. Si alguien desea pagarlos por transferencia el costo aumenta hasta el doble.

Criar peces con mínimas condiciones impacta en la salud de los animales. Con relativa frecuencia, algunos mueren porque los racionamientos eléctricos dificultan mantener las bombas de oxígeno encendida en las «peceras».

«Cuando no tenemos luz metemos en un pote a los pescados que necesitan oxígeno y los sacamos y metemos al agua para que no se mueran», señala uno de los criadores.

Un hombre detalla que antes se dedicaba a la venta de plantas, pero luego del apagón y de no poder encender la bomba para regarlas, averiguó sobre el negocio de los peces y ahora se dedica a ambas.

«Casi todas las matas se murieron. Lo de los peces empezó como un hobbie y terminé siendo un criador». En su hogar, calcula, tiene más de 10 mil animales y la variedad que exhibe es amplia.

Aunque en el Zulia muchas familias dependen de la cría de peces para sobrevivir, «es un negocio difícil porque los pequeños criadores no tenemos mucha variedad y las personas no tienen dinero para estar comprando. Hay días que no vendemos ni un par», relata una joven.

La mayoría de las personas que crían peces vive en situación de pobreza extrema. Aunque localmente algunos los venden en sus hogares o en bolsas de hielo en la calle y en mercados populares, la mayor parte de las ganancias terminan en otras manos.

El par de peces que crían los más pobres cuestan menos de un dólar. Para ellos, es casi imposible llevarlos a otras latitudes y venderlos más caros, pero un grupo reducido de «inversionistas» sí lo hace.

Estos intermediarios los compran en sectores humildes y los llevan hasta Maicao o Medellín, para ofertarlos de manera independiente o por encargo y los venden el par en unos cinco dólares.

Entre la vida y la muerte

Para trasladarlos, en muchos casos, buscan cavas de anime y bolsas de plástico grandes que llenan de agua y le colocan oxígeno. Ahí los meten, la cierran y «aguantan entre tres y cuatro días vivos».

El trayecto es largo: los peces, cuyo alimento sale de las aguas putrefactas de las cañadas zulianas, terminan en tiendas y hasta en acuarios de Colombia, Ecuador y Perú.

En Maracaibo, para estos humildes criadores, sobrevivir es un reto diario. «Trabajar» en instalaciones abandonadas o en cañadas con millones de zancudos alrededor, en un país donde se registraron al menos 14.701 casos de dengue y 66 casos de dengue grave durante 2019, según la Organización de las Naciones Unidas.

Fredy, como cientos, debe continuar con su faena diaria. De regreso lo esperan su esposa, hermano, madre y padre que necesita comprar medicamentos para el trastorno de sueño y la depresión.

Por ahora, en la nevera no hay mucho para comer. No sucede lo mismo en las cañadas zulianas, donde la abundancia es tan grande como los peligros y las historias de resistencia, pobreza, desigualdad y tráfico de especies.

La Verdad

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