La meditación: modificando el cerebro día a día. Por Ernesto Andrés Fuenmayor

Sentarse a observar la propia conciencia tiene tintes desagradablemente esotéricos en Occidente. Con frecuencia se entiende a la meditación como un simple método de relajación, quizás una práctica útil para aliviar la tensión muscular o conciliar el sueño. El pragmatismo que caracteriza a esta región toma practicas contemplativas milenarias y las reduce a una pelota antiestrés, sin sospechar que en dichas tradiciones se encuentra el camino para entender mejor las complejidades de la conciencia y desarrollar el potencial de la condición humana.

 

La conciencia, entendida como un fenómeno neurológico emergente, sigue siendo inexplicable científicamente. ¿Cómo de la materia puede surgir algo que tenga una experiencia subjetiva de la realidad? Este sigue siendo uno de los grandes cuestionamientos modernos, aunque la neurociencia, una disciplina de poca trayectoria, ha hecho grandes avances en las últimas décadas. Esta situación es trágica y fascinante: el individuo queda frente a la inmensa complejidad de la realidad sin siquiera entender cómo la está percibiendo.

 

La meditación, que no es más que la contemplación de la propia conciencia, busca entender este fenómeno introspectivamente. Mediante la observación sistemática de los procesos mentales, se intenta vislumbrar la naturaleza de los mismos, así como su efecto en nuestro comportamiento y percepción. Tomemos como ejemplo a la tradición meditativa vipassana, oriunda de la India e impartida por el Buda hace más de 2.500 años: sentado y con los ojos cerrados el meditador observa la respiración para anclarse en el presente y aminorar el torrente de pensamientos que cae sobre él. Posteriormente debería llegar una serenidad que permite enfocar la atención agudamente en los procesos mentales o sensaciones corporales, utilizando a estos como objetos meditativos.

 

Al meditar e intentar enfocarnos en la respiración queda inmediatamente claro que no es posible por más de unos cuantos segundos. Nos damos cuenta de que los pensamientos son un proceso subpersonal, como los latidos del corazón, llegan sin  volición o explicación. Darse cuenta de la dificultad de realizar algo tan simple como enfocarse en respirar es el primer logro del esfuerzo contemplativo, no el primer fracaso. Inmediatamente queda claro que la mente está fuera de control. No es la voluntad la que suele dirigir la atención, sino los patrones neuronales a los que llamamos pensamientos, por lo general mundanos y repetitivos. La respiración no convence a la corteza prefrontal (aquí se maneja la atención) como objeto de sus esfuerzos y el modo default cerebral („DMN“por sus siglas en inglés) produce estímulos aleatorios en forma de pensamientos, por lo general atados a experiencias sociales pasadas o futuras, así como reflexiones acerca de uno mismo. El peso emocional de estos nos seduce y nos sumergimos en ellos, por más irracionales e inútiles que sean, cayendo así víctimas de un software evolutivo de mamíferos sociales y egocéntricos.

 

La práctica meditativa busca contrarrestar esta automatización del pensamiento para enriquecer la experiencia del momento presente. Busca crear una profunda apreciación de la conciencia y sus matices, así como llevarnos a comprender que las emociones y pensamientos no son más que apariciones en la misma, lo cual incluye la sensación de ser un ente, un ego, separado del resto de la realidad. Si esto suena esotérico se debe únicamente a que en Occidente no existe una tradición contemplativa que haya integrado estos conceptos al público general. Quizás la única práctica introspectiva de arraigo histórico en esta región es la del rezo, una especie de dialogo interno con el dios del cristianismo en la que el individuo usualmente busca exculparse de sus pecados y proporcionarse mejores condiciones de vida de la mano de su interlocutor, así como asegurarse un paradisíaco destino post-mortem.

 

Lo que si ha producido Occidente son los mecanismos científicos para comprender mejor los efectos de la meditación. El fenómeno de la neuroplasticidad, descubierto en las últimas décadas, explica al nivel del cerebro cómo los contemplativos orientales pudieron modificar drásticamente su percepción de la realidad a partir de su práctica meditativa. Se ha comprobado que las experiencias del individuo modifican sus estructuras neuronales. La proporción de materia gris puede cambiar, las sinapsis pueden transformar su intensidad a largo plazo y hasta el funcionamiento de algunas partes del cerebro puede variar cuando hay dislocaciones internas. Una percepción de la realidad permanentemente más “profunda y presente”, como la que reportan diversos meditadores, puede ser el producto de un cerebro modificado mediante la práctica.

 

Un grupo de investigadores de Harvard, por ejemplo, observaron unos años atrás la actividad bioeléctrica cerebral de ocho monjes tibetanos y descubrieron que tenían 25 veces más oscilaciones de ondas gamma que el común denominador. Dichas ondas se activan cuando diversas partes del cerebro funcionan simultáneamente y en sincronía, como el momento en el que se nos ocurre la respuesta de un acertijo, cuando tenemos una visión creativa o mordemos una manzana y el olor, la percepción táctil y visual, así como el sabor de la misma se conjugan en una sola experiencia. En casos así, las ondas gamma suelen durar la quinta parte de un segundo. En el caso de los monjes, eran observadas durante minutos sin parar, lo cual indica una percepción monumentalmente intensa de la realidad. Aún durante el sueño demostraban esta actividad neuronal. Probablemente aquello que el Buda llamó “nirvana” sea un estado de modificación cerebral similar a este.

 

Sin embargo, no hay que tener decenas de miles de horas de práctica formal para percibir cambios. El mismo grupo de investigadores observó que la amígdala, responsable de percibir peligros y alertar al resto del cerebro, se activaba con menor intensidad y frecuencia en meditadores amateur (menos de cien horas de práctica). La tarea evolutiva de la amígdala ha sido salvarnos de ataques externos al crear respuestas hormonales como la emisión de adrenalina y cortisol, preparándonos para correr o pelear. En tiempos modernos los peligros percibidos no suelen ser ya físicos, sino psicológicos, y la amígdala continúa respondiendo como en la prehistoria, lo cual lleva a sensaciones de estrés y ansiedad absolutamente innecesarias. La meditación contrarresta este tipo de reacciones primitivas y su efecto en nuestro estado de ánimo. A su vez, conexiones neuronales elevadas entre la amígdala y la corteza prefrontal fueron observadas, lo cual indica una mayor efectividad en el enfoque de la atención.

 

Quizás eventualmente los beneficios de la meditación hagan inevitable su verdadera integración a la vida occidental. Es una práctica que podría parecer contraintuitiva en un principio, aunque el bienestar que nace de entrenar la atención, así como de anclarse en el momento presente, recompensan rápidamente el esfuerzo. Este punto ciego cultural podría corregirse incluyendo a la práctica meditativa en las escuelas, a modo de introducción, con la esperanza de que se generalice en la población adulta. Esperemos que con el tiempo demos los pasos necesarios. No solo mejoraremos nuestra calidad de vida, sino que nos acercaremos más a la totalidad del inmenso potencial que nuestro cerebro, una absoluta joya evolutiva, nos brinda.

 

Ernesto Andrés Fuenmayor

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