Colombia y Perú, por Richard Webb

Compartimos la misma madre patria y nos hermanan la abundancia ecológica y un mismo proceso histórico de liberación nacional. Desde hace siglos enfrentamos idénticos obstáculos: los enemigos externos de un mundo colonial y los diablos internos implantados en nuestra genética cultural. Codo a codo venimos luchando en los mismos dos frentes para forjar la institucionalidad de una nación civilizada y para levantar economías sin pobreza. Nos une incluso una frontera. Por algo el taxista colombiano, descubriendo que su pasajero era peruano, se expresaba con calor: “Somos lo mismo, no es como con los otros vecinos”. La discreción lo inhibió de decir más.

Sin embargo, apenas nos conocemos. Más sabemos de la vida diaria de la China que de esta nación vecina y hermana. Más visitamos Buenos Aires, Río de Janeiro o la República Dominicana que Colombia. En los 11 años de currículo escolar, ¿cuántos minutos se dedican a conocer algo de ese vecino del norte?

Mi primera visita a Colombia, hace 50 años, me despertó tristeza. Vi un país pobre. El ingreso per cápita era la mitad del peruano. Perú era el exitoso, exportador fuerte, donde el dólar andaba regalado. En Colombia este escaseaba y su economía se encontraba maniatada por restricciones. Las importaciones eran semiprohibidas y los automóviles parecían comprados en un anticuario. Pero en esos años empezaba su avance institucional, de continuidad democrática y de fuerte descentralización, y empezaba también un despegue económico, mientras que el Perú caía en la dictadura y en el retroceso económico. Tres décadas después, la torta se había volteado. El ingreso per cápita colombiano era casi el doble del peruano y la continuidad democrática se afirmaba con una nueva Constitución liberal e inclusiva.

Hace unos días me encontré en una Colombia nuevamente frustrada. Más de una conversación se abrió con la expresión de una “sana envidia” hacia un Perú boyante, cuyo ingreso per cápita casi los ha alcanzado; un Perú que hace gala de su pujanza empresarial, cultural y culinaria. No obstante, aún destaca la sólida institucionalidad colombiana, sobre todo un poder judicial respetado y una descentralización enraizada.

La calidad institucional colombiana motivó un libro publicado en 1991 por la economista Rosemary Thorp, autora también de una historia económica del Perú. El argumento de Thorp es que el mayor desarrollo de Colombia en los años sesenta y setenta debe atribuirse a la mayor calidad de su gestión económica que, en especial, evitó un desastre de inflación y devaluación como el sufrido por el Perú. Lo irónico de su argumento es que, una vez más, la historia dio vueltas. Apenas publicado el libro de Thorp, el crecimiento económico peruano se aceleró y superó al colombiano durante dos décadas, con tanto éxito que hoy los mismos colombianos hablan de una “sana envidia”. Sin embargo, la última palabra sobre este tema no ha sido escrita y no debe descartarse que nuestra gestión económica eventualmente se ‘normalizará’ en un bajo nivel, posibilidad ya sugerida por la desaceleración actual.

Ambos países enfrentan hoy retos extremos de gobernanza: en Colombia, para acabar finalmente con una desgastante violencia rural de casi 70 años; y en el Perú, para frenar una ola de criminalidad, corrupción e inoperancia de la clase política. Al mismo tiempo, ambos enfrentan una economía mundial inusualmente insegura. Todo sugiere la conveniencia de una relación más cercana.

DC/EC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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