Rebotar del futuro, por Luis Barragán (@LuisBarraganJ) 

Aparente banalidad, recientemente se cumplieron treinta años de “Back to the Future” de Robert Zemeckis. El tiempo y sus paradojas, bajo la estupenda producción de Steven Spielberg, conoció de una exitosa versión comercial que se extendió a otras dos entregas, permitiendo mostrar el talento artístico de Michael J. Fox, luego y prematuramente afectado por una dura enfermedad.

GetAttachment (1)Las redes sociales todavía reportan una celebración que intenta las predicciones acertadas y desacertadas del filme, destacando el ocurrente trabajo de Christopher Lloyd en su papel del científico Emmett Brown, continuador del estereotipo. Varias vicisitudes muestran el contraste entre el momento (reaganeano) del atolondrado despegue hacia el pasado,  y el momento (obamiano) actual, no tan fácil de escrutar, aunque es meritorio el esbozo que procuró el cineasta.

La regresión hacia los cincuenta del XX, evitó tocar problemas espinosos como el del racismo y el macartismo en suelo estadounidense, pero rozó el de una posible e involuntaria relación incestuosa, cuya debilidad o intensidad amenazante medía una fotografía. El guión de Zemeckis y Bob Gale, reivindicó la inteligencia y destreza de Martin Seamus McFly, frente a la fuerza y torpeza de Biff Tannen, representado por Thomas F. Wilson, hoy también escritor, en el otro esbozo: el de los preámbulos de la rebelión juvenil del mundo desarrollado en los cincuenta, insospechada al andar el siglo XXI. . Sin embargo, se nos antoja que la mejor escena fue en la que Fox empuña la guitarra, dando cuenta de un especializado entrenamiento previo para la laboriosa película.

Ocurrió con “Johnny B. Goode” que tanto sorprendió a la díscola audiencia de secundaria, seguramente de rápida explicación por algún sociólogo cultural, apenas reorientada la poderosa industria disquera y radial desde los hastiados terrenos del jazz.  Marty McFly, socorriendo al guitarrista herido en la mano, cumplió con una rutina en las cuerdas que también sirvió para alertar – mediante una urgida llamada telefónica – a Chuck Berry, acreedor de un magnífico tributo, con algo de Pete Townshend y un poco menos de Alvin Lee, tan memorable como aquél episodio donde Nelson Muntz exhibió sus movimientos en su breve serenata para Lisa Simpson.

Recursos económicos aparte, la feliz humorada del homenaje deja muy atrás, por ejemplo, a “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo” (Mariano Cohn y Gastón Duprat, 2011), y el gesto hacia “Imagine” de John Lennon. Empero, ésta tan mediocre regresión, tuvo la ventaja de ilustrarnos sobre lo que se ha dado en llamar el “idiota latinoamericano”.

La inicial y dramática constatación que podemos hacer, nos remite a la bondad y fortaleza de una industria cultural que, en su libérrimo desarrollo, es capaz del legado para otras generaciones, susceptible de la crítica. Ocurre algo distinto, en este lado del mundo, cuando el propósito cierto es el de desindustrializrnos: basta con apreciar la simplicidad, naturaleza y alcances de la Ley Orgánica de Cultura que, faltando poco, decretó Nicolás Maduro el habilitado de siempre, condenándonos a rebotar del futuro.

Cedemos a la tentación de recordar una anécdota, pues, al ver la segunda parte de la película en una sala llena, resignados a la tercera fila, en las últimas hubo una golpiza que forzó a prender las luces a la vez que transcurrían las secuencias, por más de veinte minutos, tratando inútilmente de sintonizarlas.  Repetimos al siguiente día, mejor colocados en el teatro, pues, por entonces, no era tan fácil hallar el cajetín del VHS –  destronador del Betamax – para disfrutar la serie en casa. Por cierto, ¿quién dijo que la mejor fórmula para predecir el futuro es inventándolo?

 

DC / Luis Barragán / Diputado AN / @LuisBarraganJ

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