Acroyoga: La magia de sentir que vuelas

Entrar por primera vez a una clase de acroyoga genera muchas expectativas, sobre todo, entre quienes no poseen soltura o agilidad para acrobacias y la gimnasia es muy inquietante. Surgen preguntas como: ¿Realmente cualquiera puede hacerlo? ¿Es tan sencillo como parece? Pues resulta que sí, cualquiera puede: no tiene que ser ni muy flaco ni muy musculoso para practicarlo. Durante las dos horas y media que dura la actividad podrá descubrir y cruzar los límites de su cuerpo. Obviamente, aquellos que han realizado yoga anteriormente siempre tendrán un punto a su favor, pero no es un requerimiento para este tipo de ejercicio. Solo debe abrir su mente, divertirse y estar dispuesto a enfrentar sus temores.

Para quienes no conocen que es el acroyoga o lo confunden con el aeroyoga (telas), es una disciplina que combina lo espiritual del yoga, el dinamismo de las acrobacias y las bondades del masaje tailandés. Además, se practica en grupo (de tres personas) que cumplirán roles muy importantes. La “base” es quien generalmente está abajo, es el primer cuidador, debe tener y transmitir mucha seguridad, porque no solo debe cuidarse a sí mismo sino también al “volador”. El “cuidador” debe estar muy pendiente de que todo suceda en armonía y de que se cumpla uno de los principios básicos de la disciplina: la alineación. Esto significa que tanto los brazos como las piernas deben estar en noventa grados; como todas la asanas o movimientos se sostienen por la fuerza muscular, todos deben estar bien colocados para que el peso esté mejor distribuido. Si la base no está en 90 grados difícilmente podrá aguantar el peso y el volador podría caerse. El volador tiene mucha presencia en el momento y debe escuchar atentamente y seguir las indicaciones de la base. Debe haber una buena comunicación con la base y si algo le molesta decirlo para que todo fluya.

¿Quién puede practicar acroyoga?
La persona que quiera practicar este método, explican los instructores María Herminia Díaz y Abdón Urbina, debe tener movilidad no limitada. Las lesiones están contraindicadas, en especial si son muy acentuadas en la espalda, porque podría ser peligroso, pero ambos afirman que a pesar de eso siempre pueden hacerse algunas variables adaptadas a cada cuerpo, y así la persona podrá participar en alguna de las actividades. “Nosotros recibimos personas que comienzan diciendo: ‘no es que yo no puedo hacer eso’, y al final de la clase quizás no lo hicieron, pero aprendieron muchas otras cosas”.

Una disciplina donde no existe la frustración
El requisito primordial para asistir a una práctica de acroyoga, según ambos instructores, es la puntualidad, pero agregan algo muy importante: ir con “cero flojera”. La clase se inicia a las 2:00 de la tarde. Se puede asistir solo, con la pareja o un amigo. El salón es agradable y muy amplio. A diferencia de una clase de yoga común, los asistentes están ubicados en círculo, lo que permite el contacto visual. Se percibe un ambiente de comunidad y compañerismo que ayuda a romper el hielo. Al ritmo de melodías de reggae, comienza la dinámica con un pequeño estiramiento de 15 minutos, a cargo de María y, posteriormente, Abdón es quien dirige una especie de juego para estimular el contacto, desinhibirse y soltar el cuerpo. Es un calentamiento bastante intenso, pero divertido. Ellos aseguran que esta parte de la clase es como “volver a ser niños”, porque, además, “tiene muchos patrones de movimiento naturales que ayudan con el acroyoga”. Puede que para este momento esté un poco cansado, pero en lo que comience a hacer las primeras acrobacias eso queda en el olvido.

Una vez terminado el calentamiento se forman equipos de tres personas, de pesos y alturas similares. Los instructores comienzan con una demostración de la primera asana o movimiento, para que los alumnos la repitan y cada uno pueda cumplir con el rol de base, volador y cuidador. Se empieza con las figuras más básicas y a medida que la clase va avanzando se realizan las de mayor dificultad, siempre con la ayuda de María y Abdón, quienes, con mucha paciencia, explican cada movimiento y son los “cuidadores” principales.

El primer movimiento de la clase se llamaba The Bird o “El Pájaro”, que, para quien cumple la función del volador, hacerlo por primera vez es lo más cercano a volar. El miedo desaparece, te sientes libre. Todo se trata de confiar, relajarse y dejarse llevar por el momento, de olvidar los problemas y apagar al cerebro. La experiencia se resume en una mezcla de emociones, que va desde el miedo hasta la felicidad. A medida que pasan los minutos aumenta la dificultad de las asanas. Es tan dinámico que no hay chance de sentir frustración y nadie puede irse de la sala sin haberlo, por lo menos, intentado; cuando por fin se logra representa la mayor satisfacción que una persona puede obtener. Lo que sentirá es adrenalina pura, en su máxima expresión.

Antes de finalizar la clase, se realiza el último ejercicio llamado Super Yogui, que representa la fase terapéutica del acroyoga. A través de toques y pequeños masajes en el aire, el cuerpo se relaja. Después de eso, los presentes hacen un círculo y todo termina con un estiramiento y un momento de meditación para alegrar al espíritu después de mover todas esas endorfinas.

El arte de jugar a ser árboles y duendes
Ver en vivo una demostración de ambos profesores es casi hipnótico, es como una especie de danza en la que se comunican sin palabras. Cada uno sabe que debe hacer. Abdón define esta disciplina como “una expresión corporal extrema, porque realmente estás allí, moviéndote, haciendo interfaz con la otra persona. Es cuestión de dejarse llevar por el momento, es una práctica muy bonita. En acroyoga se usa mucho el término detrees and elfs (árboles y duendes) para hablar de la relación que tienen la base y los voladores, porque los fuertes árboles deben levantar a los ligeros duendes, que, por lo general, son mujeres, aunque también pueden ser hombres. No hay ningún orden o patrón específico: la mujer puede ser la base del hombre o pueden ser dos chicas o dos chicos, no hay regla con eso”.

Según María, “visualmente el acroyoga podría verse muy posado, perfecto o complejo. Incluso, las personas, desde afuera, podrían pensar que uno lo hace para llamar la atención o para que lo vean, pero es totalmente falso; de hecho, en la práctica no hay cabida para el ego. Es mucho más profundo, se trata de comunicarse con otra persona para llegar a ese punto máximo, no existen protagonistas”.

Más que solo piruetas
En un primer acercamiento con el acroyoga puede que la persona no salga como un experto acróbata, pero lo que si podrá ver es cómo, poco a poco, van cayendo los prejuicios y los miedos, porque permite trabajar la confianza. Díaz resume de esta manera uno de los beneficios que le ha dado la disciplina: “A largo plazo la forma en la que te relacionas en tu día a día va mejorando, porque trabajas la confianza no solo en el otro sino también en ti mismo y la forma en la que te comunicas con los demás; yo era una persona muy tímida y ahora soy más dada a confiar en personas desconocidas y eso es algo muy especial en estos tiempos que vivimos”.

DC|Estampas

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