Barca le gana 5 a 1 al Real Madrid

Julen Lopetegui acudía con el ansia y las obsesiones del jugador de silla, café y nicotina. Con los mismos tormentos humanos narrados por Dostoyevski: «Lo había perdido todo, absolutamente todo. Al salir del casino sentí que dentro del bolsillo se movía algo. Era una moneda. Ya tenía bastante para comer. Pero, después de haber andado unos pasos, cambié de parecer y me volví». Lopetegui se jugó la última moneda, cuando había quien le daba por despedido en el descanso. Tras un indigno primer acto en el que el Real Madrid se fue con una desventaja de dos goles, el entrenador se revolvió. Levantó a su equipo. Hizo sufrir al Barcelona durante media hora. Lo llevó al límite. Hasta que Luis Suárez, gigantesco en ausencia de su íntimo amigo Messi, dijo basta. El clásico fue suyo. Sus tres goles, además de un palo, fueron una losa insoportable para el entrenador del Real Madrid, ridiculizado en el ocaso con el quinto gol de Arturo Vidal. La vida. [Narración y estadísticas (5-1)]

Nunca resultó sencillo saberse condenado. Decía Lopetegui que, pasara lo que pasara, él continuaría respirando. Que la muerte no tiene nada que ver con perder el trabajo, sin saber quizá la facilidad con la que uno puede llegar a morir en vida. Simplemente, basta con que te olviden. Su Real Madrid, el que vino tras Cristiano, crepuscular y decrépito en el primer tiempo, comenzó siendo arrasado. Un Barcelona sin Messi, que acudía al duelo con Rafinha en el frente, pero con el ansia competitiva suficiente como para dejar a los blancos incrustados en la indiferencia de la clasificación. Ya son cinco las jornadas sin ganar del Madrid, a siete puntos de distancia del Barça. Ahí es nada.

La esquizofrenia quedó a la vista de todo el mundo ya en el preámbulo con el esperpéntico papel de Vinicius. Sí, ese jovencito por el que los servicios jurídicos del Real Madrid pelearon para que pudiera jugar el clásico, dado que estaba sancionado. Le levantaron el castigo y lo borraron del partido del filial. Pero Lopetegui le hizo viajar a Barcelona para sacarlo después de la convocatoria. Debía colocar sus posaderas en el gélido asiento de la grada del Camp Nou. Una situación ridícula. O no tanto cuando de lo que se trata es de retar al capataz al pie en cadalso. Cuando la suerte está echada.

Apuñalar por la izquierda

Los pecados blancos se acumularon desde la misma confección de la pizarra. O desde el deficiente rendimiento en el primer tramo de un triunvirato (Casemiro-Modric-Kroos) con aroma a fin de trayecto. El Real Madrid rechazaba la pelota y pretendía jugar en largo, cuando quien asomaba en el once era Isco, no Asensio. Nadie se percató de que este Barcelona es un equipo que aguanta por la derecha, y apuñala por la izquierda. Jordi Alba, quizá el mejor lateral del mundo junto a Marcelo, corrió a sus anchas por la orilla. Gareth Bale ejercía de espantapájaros, por lo que a Nacho no le quedaba otra que quedar en evidencia.

Gracias a una larga jugada en la que todos los jugadores del Barcelona, excepto Suárez, tocaron la pelota, Rakitic impulsó la carrera en solitario de Alba. El lateral aguardó a que el uruguayo se llevara a los centrales y espero a que Coutinhopudiera rematar a gol sin oposición.

No daba todavía el Madrid señales de vida, más allá de un disparo alto de Benzema y otros dos de Marcelo y Ramos desde fuera del área. Porque no había manera de enhebrar jugadas. Y, por si fuera poco, otro pase de Alba, esta vez a Suárez, concluía con el derribo de Varane. El árbitro, que había dejado seguir la jugada, acabó rectificando en la primera vez que el VAR comparecía en un clásico. Nuevos tiempos.

El 2-0, atrapado por Suárez al aprovechar el penalti, debía haber permitido al Barcelona vivir el segundo acto en paz. No fue así. Lopetegui dejó atrás su duermevela. Llevó a Varane al banco, formó una defensa de tres con Casemiro y Nacho acompañando a Ramos, y echó a volar al recién llegado, Lucas, y a Marcelo, por fin pletórico. Hasta que reventó.

Avanzaron las líneas los madridistas y al Barcelona se le acabaron las ideas en la salida. Atrapados los azulgrana frente a Ter Stegen, los blancos no dejaron de percutir hasta que Marcelo logró el gol que apretaba el marcador. Isco había ganado la línea de fondo y Piqué no encontró la manera de defender al brasileño, genial tanto en el control como en el disparo. Y si no llegaba el empate era porque la fatalidad era blanca. Ramos cabeceaba alto, Modric estrellaba un balón en el palo y a Benzema, también con la testa, se le escapaba la gloria por centímetros.

Un cabezazo soberbio

Pero Valverde, esta vez sí, corrigió. Supo ver el técnico azulgrana que era momento para aprovechar los riesgos que estaba asumiendo el Real Madrid. Sacó al campo a Semedo por un agotado Rafinha, Sergi Roberto subió al centro del campo y, sobre todo, Dembélé compareció por Coutinho para completar la sangría.

Suárez cabeceó a gol desde más allá del punto de penalti tras asistencia de Sergi Roberto. Ramos, en un error grotesco, perdió después la pelota ante el canterano azulgrana para que el uruguayo acariciara la pelota por encima de Courtois. Hasta Arturo Vidal, habilitado por Dembélé, encontró la redención y pasó a la historia de los clásicos con el quinto gol.

«La morfina proporciona a los individuos las características de los vegetales». Eso es lo que pensaba Burroughs cuando escribió El almuerzo desnudo. Eso fue lo que descubrió Lopetegui. Desnudo, anestesiado ante el dolor acumulado, y finalmente ajusticiado por un gigantesco Barcelona que no tuvo piedad alguna.

El Mundo

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