El Estado (ya) no soy yo, por Luis Barragán (@LuisBarraganJ) 

El extinto presidente arribó al poder con una República en pie, cuyas instituciones básicas – sencillamente – funcionaban. Mal que bien, un antecesor renunció a la jefatura de Estado y cumplió una sentencia condenatoria en un país que, por ello, no se hundió en la anarquía, por no citar los sobrados ejemplos de un parlamento o una opinión pública que, al polemizar, no les esperaba a la vuelta de la esquina el patíbulo.

Los niveles de corrupción generaban una profunda indignación, aunque no llegaban a los colosales ahora conocidos. La Contraloría General y la Comisión de Contraloría del Congreso, enfatizaban cada vez más el celo por el manejo de los dineros públicos, con una ley y una jurisdicción especial a las que se permitía el tratamiento pormenorizado de la administración, siendo difícil la facturación política por la que, tarde o temprano, si ocurría,  se respondía.

Hubo mandatarios muy poderosos, propensos al abuso, pero también herramientas para combatirlos, sin que el riesgo personal fuese – por lo menos – generalizado o indiscriminado. Estaba el presupuesto anual y, cada vez, les fue más difícil confundirlo con el propio bolsillo donándolo a su arbitrario antojo.

Específicamente, el parlamento cumplía con las tareas más elementales así se fuese una ínfima minoría y, en los años noventa del XX,  Gonzalo Pérez Hernández, Vladimir Gessen o Aristóbulo Istúriz, podían destacar por sus audaces diligencias. Sin embargo, una campaña desmedida, sostenida y temeraria, maldijo al Congreso que, finalmente, cerró la Asamblea Nacional Constituyente en diciembre de 1999, con el aplauso de media humanidad, para reemplazarlo con un remedo, un artefacto institucional manejado al antojo del poder que se estrenaba.

No deseamos ofrecer una versión idílica del ya viejo  país y  parlamento, aunque éste – sin dudas – tuvo un desempeño superior al actual, comenzando por el respeto y la tolerancia hoy impensables. Al lado de lo que ha acontecido en el período legislativo que está próximo a concluir, los remotos allanamientos de la inmunidad parlamentaria no fueron tan arbitrarios como lo prodigó la propaganda más extremista  de la oposición, todo  un cuento chino para los que deseaban escudar el alzamiento en armas.

El siglo XXI nos ha sorprendido con una República en quiebra, de instituciones que solamente constan en el papel. Y con un mandatario que, ante cualquier revés, promete agudizar los males de un socialismo que, por cierto, nunca ha tenido la amabilidad de explicar, amenazando con abrir las puertas a la anarquía.

La pérdida de autonomía del Banco Central de Venezuela, legitimada por el oficialismo que reclama por la “incomprensión” del modelo que impulsa, es – apenas – un dato adicional. Los organismos contralores que jamás se atrevieron a confiar a la oposición, como sucedía en la “antigüedad”,  por más lealtad republicana que jurase, únicamente están prestos para la descarada persecución política.

La crítica más modesta a los gobernantes, asoma todo un peligro personal e, incluso, abiertamente, un ministro ha ordenado el despido de cualquier sospechoso de “escualidez”. Imposible que responda por el atrevimiento, tampoco se da cuenta a nadie de los centenares de miles de millones de dólares que reportó el ingreso petrolero en más de década y media, edificando un neopatrimonialismo antes inconcebible.

Yerros, equívocos o malentendidos por delante, la bancada democrática de la oposición cumplió un importante papel en este lustro. A pesar de las presiones, persecuciones y tensiones de la irrespetada minoría que, voto a voto, resultó paradójicamente mayoritaria en 2010, siguió adelante, resistiéndose a la violencia física y verbal, a los allanamientos y a la indecible destitución de María Corina Machado.

Es tiempo de confiar en el nuevo parlamento y en las posibilidades que se abren para reivindicarlo, aunque esto ocurrirá plenamente con la transición democrática. Por lo menos, apartando las incidencias de una inocultable pugna en los elencos del poder, ya Maduro no podrá decir que el Estado es sólo él, así se invente un parlamento dizque comunal u otra cosa parecida.

 

DC / Luis Barragán / Diputado AN / @LuisBarraganJ

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